sábado, 7 de septiembre de 2013

Habitualmente


Sería una mañana de primavera, si en esta parte del mundo alguien supiera lo que eso significa sin haber viajado. El clima estaba fresco y el cielo despejado. Había cierto placer en admirar las nubes blancas que navegaban en el inmenso azul, pues misteriosamente, y sin que esto influya en los hechos que se contarán, no pasaban aviones que interrumpieran su belleza.

Bajo ese cielo había un campo, y en medio de ese campo había un río, que era como cualquier otro río en cualquier otro campo bajo el mismo cielo, pero este, sin nada de especial, tenía a un lado una pequeña casita de un solo piso con dos árboles a cada lado de su entrada. Como había dicho, esto no tenía nada de especial excepto porque en ella vivían dos hermanos muy unidos, inseparables desde hace mas o menos veinte años, que también era el tiempo que había transcurrido entre su nacimiento y su último cumpleaños.

No había gallo que cantara, así que tenían que esperar a que el sol entre por la ventana para que los saque de sus sueños, sueños que en esta ocasión no tengo tiempo de relatar. Así nos acercamos lentamente a uno de ellos, sin romper el silencio, pues no somos el sol para sacarlos de su sueño. Esperamos un par de minutos, diez o quince tal vez, y fue cuando uno de ellos despertó. Agitado en medio de la nada, como si el sueño que no tuve tiempo de relatar hubiera perturbado su descanso y alterado sus nervios, pero por suerte puso su mano en su corazón como recuperando el aliento y al rato se tranquilizó. Comprobó enseguida que su hermano seguía ahí, donde habitualmente lo puede encontrar si mira hacia su nariz. Seguían tan unidos como en aquel día en que salieran del vientre de su madre y los doctores no pudieran hacer mucho para separarlos. Y si era feliz llevando esa vida… era algo que todavía no se había preguntado.
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